WEST AFRICA TOUR: EL RELATO DE DINO BONELLI

WEST AFRICA TOUR: IL RACCONTO DI DINO BONELLI.

Los ingredientes fundamentales para emprender un viaje de cicloturismo de exploración por África son pocos: basta con tener un poco de espíritu aventurero, capacidad de adaptación y el equipamiento adecuado para las situaciones que nos encontraremos por el camino.

Una vez elegida la bicicleta – para nuestro West Africa Tour, mis amigos Roberto Cravero y Marco Liprandi y yo utilizamos bicicletas gravel BAM con un cuadro de bambú ultraligero –, la decisión más importante es la elección de las bolsas. En ellas hay que guardar todo lo necesario, aprovechando al máximo el espacio y evitando cargar con cosas innecesarias.


Equipamos nuestras bicicletas con ocho bolsas de la gama gravel de TAAC, todas impermeables, por supuesto:

- Dos bolsas CARGO PAAC de 2 litros cada una, montadas en la horquilla, para transportar los recambios de las bicicletas y las herramientas;

- Una HANDLEBAR ROLLPAAC de 10 litros, colocada delante del manillar, para los artículos de aseo, medicamentos, cables y enchufes de carga, bañador y una toalla pequeña;

- Dos portabidones de manillar SNACK PAAC;

- Una bolsa TOP TUBE PAAC colocada sobre el tubo superior del cuadro;

- Una FRAME PAAC de 4 litros, situada debajo del tubo superior, que utilizábamos como despensa para los suplementos alimenticios, imprescindibles en un lugar donde nunca sabes dónde ni cuándo vas a comer;

- Por último, una bolsa SADDLE PAAC de 14 litros, muy estable detrás del sillín, en la que comprimíamos la poquísima ropa que llevábamos para cuando no estábamos pedaleando.

El recorrido de este año, desde Dakar, capital de Senegal, hasta Bissau, capital de Guinea-Bisáu, sufrió constantes modificaciones. Y es que una de las mejores cosas de este tipo de viajes es precisamente poder improvisar sobre la marcha.

Para nosotros, la prioridad siempre fue elegir caminos secundarios sin asfaltar, cubiertos de esa tierra roja tan característica de África: pistas arenosas que nos hacían sufrir lo indecible, especialmente bajo los abrasadores rayos del sol tropical; senderos estrechos entre bosques; y enormes extensiones semidesérticas, con pasos de agua largos y profundos en los que muchas veces acabábamos sumergidos sin querer, teniendo que salir a pie y cubiertos de barro.

El camino se convirtió así en nuestro escenario principal, con playas, pueblos, mercados y bosques como telón de fondo natural de nuestra pequeña aventura deportiva, que avanzaba día tras día con nuevos capítulos y nuevas historias. Vivir una experiencia así es gratificante y revitalizante.

Físicamente, un viaje de este tipo puede resultar agotador – y también lo fue para nosotros –, pero las emociones que nos acompañaron durante todo el recorrido, la extraordinaria sensación de libertad que experimentamos y la belleza salvaje de los paisajes que se sucedían a nuestro alrededor hicieron que el cansancio se quedara en una simple sensación pasajera.

Mentalmente, en cambio, un viaje así resulta enormemente enriquecedor. Los encuentros con las personas – gente sencilla que muchas veces, por las barreras del idioma, ni siquiera entiende lo que dices o preguntas, pero que aun así intenta responderte o ayudarte – aportan un valor añadido incalculable a un bagaje de experiencias viajeras que no deja de crecer.


Y cuando surgen imprevistos, como averías mecánicas en la bicicleta o problemas en los controles fronterizos, uno se las ingenia para solucionarlos. Así, lo que al principio parecía un problema acaba convirtiéndose rápidamente en un magnífico recuerdo que guardar y una historia que contar.

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